En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Durga, juntamente con sus hombres, se había colocado detrás de las espingardas, mientras Amali, dejando las pistolas y la cimitarra sobre un banco que tenía delante, había empuñado la rueda del timón.
El sol se había ocultado ya hacía tiempo y la oscuridad había descendido sobre el mar; con todo, se veía muy bien, por brillar espléndidamente la luna en el cielo puro.
Una brisa bastante pura soplaba del Septentrión, levantando ligeras olas que iban a estrellarse con fragor contra los islotes, deslizándose sobre los bancos.
La magnífica barca de los cingaleses, al empuje de sus veinticuatro remos, avanzaba velozmente, dejando detrás de sí una larga estela de espuma.
Agrandábase a cada momento y se dirigía hacia Oriente, anhelosa de ponerse en seguro en la profunda bahía de Ceilán.
Pero en lugar de moverse directamente hacia los escollos, cerca de los cuales habría debido pasar, encontrándose en su ruta, parecía que trataba de dar un rodeo para alejarse de aquellos.
—¿Habrán advertido que estando emboscados aquí? —dijo Amali, en el momento en que el «Bangalore», doblado el último islote, se hallaba en el mar libre—. ¿Qué te parece Durga?
—También, me sospecho eso —contestó el segundo—. O pueden haber olfateado el peligro.