En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas El «Bangalore», que tenía viento favorable, movióse resueltamente hacia la dorada chalupa de los cingaleses, de la que ahora sólo distaba algo más de media milla.
A quinientos metros detrás avanzaba la barca del príncipe de Manaar, y a dos millas navegaba, dando fatigosas bordadas, el crucero inglés.
Los cingaleses del maharajá, viendo navegar al «Bangalore» a su encuentro, como si quisiera cortarles el paso, después de una breve agitación, habían, cambiado la derrota, dirigiéndose velozmente hacia los escollos que poco antes trataban de evitar.
No siendo la chalupa de tal condición que pudiera medirse con la nave del rey de los pescadores de perlas, no poseyendo ninguna espingarda, intentaban refugiarse en el fondeadero y tomar tierra.
Amali no era hombre para dejarse engañar ni para soltar tan fácilmente la presa. Con una maniobra rapidísima, el «Bangalore» viró en redondo y fue a atravesarse el camino que seguía la chalupa.
A las cuarenta brazas, el rey de los pescadores entregó la barra del timón a uno de sus marineros, empuñó con la diestra la cimitarra y con la izquierda una pistola, y se lanzó a proa, gritando con voz potente:
—¡Alto! ¡No se pasa! ¡Deteneos o hago fuego!