En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Los cingaleses, reducidos ya a la mitad, hasta dichosos con ver aparecer a otros en su defensa, en lugar de empuñar las armas se habÃan lanzado a los remos, huyendo cobardemente hacia Ceilán.
—¡Deja en libertad a Mysora! —gritó el joven prÃncipe, levantando amenazadoramente la cimitarra contra Amali.
—La hermana del maharajá es mÃa —respondió él—, y mientras me quede una gota de sangre no te la devolveré.
—¡Entonces te mato!
—¡Aquà me tienes!
Mientras en torno suyo ardÃa la lucha, los dos rivales se habÃan lanzado uno contra otro con igual furor, cruzándose terribles golpes.
Si Amali era un guerrero formidable, también, el prÃncipe demostraba un valor de león y una pericia nada común en el manejo de la cimitarra.
Aunque joven, era robustÃsimo y ágil como una pantera. La cimitarra relampagueaba arriba y abajo con una rapidez fulmÃnea, tratando de herir en el corazón al rey de los pescadores de perlas.
Ora atacaba, ora retrocedÃa; se levantaba de un salto y se bajaba hacia las tablas de la cubierta para luego erguirse nuevamente.
Amali oponÃan siempre su hierro a aquellos veloces golpes.