En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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—Prefiero no molestarte —dijo la joven princesa.

—¿Tanto me aborreces, pues?

—Yo no sé, pero el corazón me dice que has de serle fatal a mi familia.

Amali permaneció un momento inmóvil, mirando a la hermosa doncella con ojos cual si quisiera adivinar si aquellas palabras eran verdaderas o eran dichas tan sólo con los labios, después de lo cual salió rápidamente, cerrando la puerta con despecho.

—Sí —murmuró cuando estuvo solo—; seré fatal a tu hermano, y tú a mí. Ahora al otro.

Cruzó lentamente la crujía y entró en el camarote de Durga, que se encontraba a un lado del palo mayor. También estaba bien arreglado, aunque con menos lujo. Sin embargo, había alfombras, un muelle diván y panoplias de diversas armas que el segundo no se había tomado el trabajo de quitar.

El joven príncipe de Manaar, que se hallaba tendido sobre el diván, había vuelto ya en sí. Durga estaba en aquel momento cambiándole el vendaje, después de haber aplicado sobre la herida un emplasto de hierbas, sólo de él conocida. Al ver entrar a Amali, subió al rostro del príncipe una llamarada de ira. Sin pensar en el dolor, se levantó del diván gritando:

—¿Qué has hecho de Mysora, pirata?


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