En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas ENTRE tanto, el «Bangalore» había proseguido su navegación hacia el Sur, manteniéndose a gran distancia de las costas de Ceilán, que se divisaban apenas.
Los bajos de Bitor y las chalupas de los ingleses se habían perdido de vista, y en el mar, iluminado siempre por la luna, no se divisaba ningún barco.
Hacia el Sudeste, en cambio, veíase alzarse una roca colosal, completamente aislada, sobre cuya cima se divisaba una especie de torre de grandes dimensiones. Era hacia aquel islote perdido en medio del Océano índico donde el «Bangalore» se dirigía presuroso.
—¡Que vengan a desalojarme de ahí arriba! —exclamó Amali mirándolo—. Todas las fuerzas reunidas del maharajá de Yafnapatam y del príncipe de Manaar nada podrían contra mi inaccesible asilo.
Sentóse en la popa y se puso al timón para dirigir con su mano el velero.
El islote se agrandaba a ojos vistas, siendo siempre grandísima la velocidad del «Bangalore», gracias a la brisa que se mantenía bastante fresca y aumentaba a medida que se aproximaba el alba.
Era una especie de pirámide truncada, que debía medir en la base medio kilómetro de circuito por lo menos, con las paredes casi lisas y tan, acantiladas que hacían imposible todo intento de escala.