En las montanas de Africa

En las montanas de Africa

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—Ha ordenado a todos los centinelas que te dejaran libre el paso y se te condujera ante él.

—Perfectamente; guiame. No conozco el bled por haberlo vistó siempre desde lejos. 

La joven hablaba con voz entrecortada y a ratos dificultosa, corno si no hallara palabras con qué expresarse. De vez en cuando se estremecía haciendo resonar los cequies que adornaban sus cabellos. Fijóse en ella el espahí por algunos instantes, observando con estupor sus hermosos ojos, que los rayos de la luna abrillantaban; luego se dirigió hacia la puerta del campamento, murmurando: 

—Si un día llego a ser subteniente, procuraré encontrarme a solas con niñas que, como ésta, acepten cenas a altas horas de la noche. 

Entraron, sin hablar, en el inmenso recinto y se encaminaron al blanco edificio de que ya hemos hablado. 

Un sargento fumaba ante la puerta: era Ribot. 

—Buenas noches, Afza — dijo. 

—Que Alá sea contigo — contestó la joven esposa —. Mi padre te saluda. 

Ribot despidió con un gesto al espahi. 

—¿Y el conde? —preguntó Afza, cuando estuvieron solos. 


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