En las montanas de Africa
En las montanas de Africa El sargento obedeció, dando dos golpes sobre la puerta, que se abrió en seguida, dejando ver un salón no muy elegante, puesto que no puede existir la elegancia en un bled perdido en el fondo de las estériles llanuras de Argelia, pero con una mesa bastante bien preparada, iluminada por dos grandes lámparas de petróleo. El bigotudo subteniente en persona habia abierto, exclamando:
—¡Afza! ¡El esplendoroso Rayo del Atlas en mi casa! Ya desesperaba de que vinieras.
—Las mujeres árabes saben mantener su palabra contestó la joven.
El subteniente, con imperioso ademán, ordenó a Ribot que se marchara, y después dijo a la encantadora mora, mientras la ofrecía asiento a su lado:
—Tienen razón los beduinos y las cabilas llamándote Rayo del Atlas. Eres, sin adulación de ninguna clase, la criatura más hermosa que ha nacido en Berbería.
La joven sonrió amargamente.
—Quieres burlarte de mí, señor — dijo.
—¿Sabe tu padre que has venido a verme?
—No —.respondió Alza —. He puesto en el tabaco de su narguile un granito de opio, y a estas horas estará, sin duda alguna, durmiendo. Mañana se despertará muy tarde.