En las montanas de Africa

En las montanas de Africa

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—¿Dudas, Enrique? 

—Un poco. 

—No conoces, pues, a los árabes...

—Conozco solamente sus limas. Ya está limada la cadena de los pies. 

—Empieza con la de los brazos. 

—¡Por los cuernos de Lucifer! ¡Qué calor, conde! Me parece estar dentro de un horno. 

—Te refrescarás fuera. 

Aunque hablaran, trabajaban los dos presos con ardor haciendo correr furiosamente las diminutas limas sobre los eslabones de las cadenas. La tempestad era formidable. Se sucedían secos estallidos que parecían cañonazos. El viento ululaba siniestramente a través de la reja de hierro de la celda y entre las coberturas de cine del bled. Trabajaban ya desde hacía un par de horas, cuando el conde exclamó con acento de triunfo: 

—¡Estoy libre! 

—Dentro de dos minutos espero estarlo también yo —respondió el italiano. 

—¿Quieres que te ayude? 

—Ocúpate de los barrotes, conde, ya que eres tan robusto como Atila, el azote de Dios, según la historia que en mis mocedades aprendí.. 

En aquel instante oyeron, entre el retumbar de los truenos y el ruido de la lluvia, resonar algunos toques de trompeta. 


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