En las montanas de Africa
En las montanas de Africa Dejemos que toquen las trompetas y atendamos sólo a escapar pronto. Ribot nos ha dicho que Hassi y Afza nos esperan esta noche en la llanura y, suceda lo que suceda, debemos reunirnos con ellos. Sl dejamos perder esta ocasión, no volveremos a encontrar otra semejante y nos veremos obligados a ir a dormir en los subterráneos arenosos de Argel. ¡Al trabajo, camarada!
Dio una vuelta alrededor de la mesa y se acercó tembloroso a la ventana. Acababa de asaltarle la duda de que Steiner no hubiese curvado lo bastante los gruesos barrotes de hierro. Le bastó una mirada para persuadirse de que el pobre húngaro había puesto a contribución toda la fuerza de sus músculos para abrirles un camino.
—¡Pobre diablo! murmuró—. ¡Ha sido leal una vez siquiera en medio de su desesperada existencia! ¡Las arenas del bled te sean ligeras!
Cómo hemos apuntado ya, también, el magnate tenia una fuerza hercúlea, capaz de competir hasta cierto punto con la del difunto verdugo del bled. Se aferró al primer barrote y tiró de él con furor. El hierro, ya doblado, se dobló aún más y salió en seguida de la pared. El segundo, el tercero y el cuarto salieron igualmente, junto con los transversales.
—¡He terminado! gritó en aquel momento el toscano.
—Yo yo también—repuso el conde.