En las montanas de Africa

En las montanas de Africa

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—No es necesario. Bajo las gualdrapas de los malharis hay carabinas y pistolas, pero te repito que tienes que permanecer aquí y esperar a mi hija, o mejor dicho, a tu mujer. Has logrado huir, todo está dispuesto para la fuga, ¿por qué quieres exponerte al peligro de que te prendan de nuevo? Mira: ahora llega Aru con tres maharis de escolta cargados de víveres. Espera, pues; ¿por ventura no tienes confianza en el Rayo del Atlas? 

El conde, presa de terrible perplejidad, miraba al moro a la luz intensísima de los relámpagos, murmurando: 

—¿Y Afza...? ¿Y Afza...? 

Hassi-el-Biac lanzó un silbido y los cuatro maharis se levantaron. Alzó las gualdrapas y sacando de ellas dos pesados caftanes de fieltro y dos largos fusiles, que entregó al conde y al toscano, dijo: 

—Nosotros protegeremos con las armas la retirada del Rayo del Atlas. Tú eres su dueño, y yo soy su padre, tu compañero es el amigo, y Aru el siervo fiel. Si los espahis la persiguen, sabremos defenderla. 

—¿Pero está en el bled, Alza? 

—¿Acaso no tiene el puñal de su padre? ¿Si no, para qué se hubiera armado? ¿No comprendéis todavía vosotros, europeos, cómo son las mujeres árabes? Afza conserva su sangre fría en los momentos supremos. 


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