En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Sin embargo, no estoy tranquilo, Hassi.
—¿Quieres ir?
—Si
—Aru, da fusiles y pistolas al conde y a su compañero. El tiene el derecho de velar por su mujer.
El viejo negro se aproximó a los maharis y entregó armas al magnate y al toscano. Preparábanse los dos legionarios a lanzarse a través de la llanura, cuando Hassi les alcanzó y les dijo:
—Os acompaño. Un fusil que casi nunca, falla, no está de más.
El huracán rugÃa furioso en aquel instante. Ráfagas ardientes atravesabán la llanura, convertida eh inmenso pantano, doblegando, con extraños crujidos, matorrales y palmeras, cuyas hojas casi tocaban la tierra. El agua acumulada en las depresionés del terreno brillaba de tal manera que, a veces, ofuscaba la mirada de los tres hombres. De cuando en cuando, un rayo cruzaba la llanura, relampagueando siniestramente y dejando tras si agudo olor sulfúreo. Los tres hombres continuaban su camino en silencio, manteniéndose encorvados para resistir mejor las ráfagas, y preocupados, pór otra parte por proteger los cañones de sus largos fusiles. HabÃan recorrido ya dos o trescientos pasos hundiéndose en el fango, cuando divisaron la silueta de Afza, que corrÃa desesperadamente atravesando la llanura.