En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —HabrÃa preferido que en lugar de pudrirse se asase sobre unas parrillas observó el toscano.
—¿Crees tú que ese olor proceda de las carroñas abandonadas por los dos leones que mataste?
—Han transcurrido ya tres meses desde entonces y hubieran desaparecido devoradas por los chacales o bajo la acción del calor.
—¿Y no seria posible que otros animales feroces hubiesen ocupado la madriguera de los leones?
—Eso pensaba yo ahora mismo.
—Después de todo habrÃan tenido razón— hizo notar Enrique—. Cuando uno halla una casa abierta cuyo alquiler nadie viene a pedirle, puede implantar allà su residencia con la mayor tranquilidad. Gangas semejantes no se presentan todos los dÃas. Nadie prestó atención a sus chácharas.
Hassi, el conde y Aru escuchaban atentamente, con el dedo en el gatillo del fusil, dispuestos a rechazar el más inopinado ataque.
—Hijos mÃos— dijo de pronto el moro —. Subamos de nuevo al borde del barranco.
—Afza —dijo el conde permanece aquà con Aru y vigila los maharis. Nosotros nos encargaremos de desembarazar nuestro refugio de los inoportunos inquilinos que lo han ocupado.
—Asà lo haré, dueño mÃo contesta el Rayo del Atlas con voz dulcÃsima —. Tú eres mi señor.