En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Un dÃa probé un trozo de pata que me ofreciera una cabila, y te aseguro, conde, que lo hallé excelente.
—Haremos la prueba. ¿Estás dispuesto?
—Mi fusil no espera otra cosa que lanzar el do de pecho. Mi fusil marroquà es de una precisión extraordinaria.
—Descendamos— dijo Hassi-el-Biac. No esperemos al alba para buscar un refugio contra los espahis.
—SÃ, entremos en la gruta de Cátulo— dijo el toscano.
—¿Tienes preparado el fusil?
—SÃ.
—Pues adelante.
Armaron los fusiles y descendieron con grandes precauciones, mientras Afza y Aru procuraban calmar los maharis que pare-Ãan llenos de inquietud. Dentro del barranco, entre las plantas que lo cubrÃan completamente, el calor era sofocante y el hedor que despedÃan las carroñas, insoportable.
—Se me figura, entrar en un matadero —murmuró el toscano.
—Calla y cuida de que no te sorprendan — le ordenó en voz baja el conde—. Piensa que, de lo contrario, te juegas la vida.
—¡Bah?