En las montanas de Africa
En las montanas de Africa Dejó su puesto y se metió en el barranco sin tomar ninguna precaución. Sin duda creía haber, si no matado, por lo menos puesto fuera de combate a su pantera. Se engañaba, porque la maldita fiera, aunque hubiese recibido el tiro casi a quemarropa y la bala la hubiera traspasado de parte a parte, como pudieron comprobar más tarde los cazadores, espiaba atentamente a su enemigo para vengarse antes de ser sorprendida por la muerte. Escondida a breve distancia, en medio de un macizo matorral que la ocultaba por completo, había sofocado bravamente los rugidos de dolor que le arrancaba la herida. Al ver pasar al que la había herido, salté sobre él y lo derribó antes de que pudiera haber hecho uso del fusil.
El legionario cayó lanzando un grito:
—¡A mi, conde!
El fusil se le habla escapado de la mano, rodando al fondo del barranco, pero llevaba a la cintura el yatagán, con el cual pudo defenderse de los zarpazos que llovían sobre él. Tres veces rechazó el ataque, hiriendo a la pantera en las patas anteriores, sin haber podido encontrar ocasión de ponerse en pie. Iba a sucumbir, cuando el conde y Hassi caían sobre la fiera, blandiendo sus yataganes. El animal, viéndoles llegar, abandonó al legionario e intentó hacer frente a los nuevos enemigos. Dos formidables mandobles que le destrozaron la cabeza, la hicieron caer en tierra sin vida.