En las montanas de Africa

En las montanas de Africa

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—No te inquietes por él, hijo mío—respondió el moro—. Ara no se dejará coger por los frangis. 

Entretanto el negro, continuaba la carrera con extraordinaria velocidad; los espahis sudaban copiosamente y perdían cada vez más el terreno, sin lograr mantener la distancia. Habian cesado su fuego y se alejaban los unos hacia Levante y los otros hacia Poniente, para converger, sin duda, en la parte septentrional y empujar al fugitivo hacia el bled. Pero tenían que habérselas con un viejo astuto y ladino que conocía todas las artimañas que se ponen en juego durante una persecución. Aru hizo recorrer en línea recta a su maharí cinco o seis quilómetros, después se dirigió de improviso hacia Poniente, excitando al veloz animal con la voz y con la cuerda. Al observar los perseguidores la audaz maniobra del negro, descendieron de sus cabalgaduras a fin de detener al fugitivo en su carrera con una descarga de fusilería. Pero no hablan contado con la prodigiosa rapidez del corredor del desierto, que maniobraba sobre un terreno más a propósito para sus patas callosas que para las herraduras de los caballos. Aru pasó a quinientos o seiscientos metros de los soldados, quienes le saludaron con una descarga cerrada que no causó efecto alguno. Furiosas imprecaciones llegaron a oídos del conde y de sus compañeros. 


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