En las montanas de Africa

En las montanas de Africa

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En aquel instante oyóse un sordo ruido. La losa había ocupado de nuevo su lugar y los fugitivos se hallaban encerrados en la tumba. Así que hubo cerrado el subterráneo, el marabuto aproximóse a los dos grandes cestos y se detuvo a contemplarlos, sonriendo sarcásticamente. 

—El leffá y el bumen-fak son buenos con los aissanas y malos con los frangis. Cuando vengan los espahis les prepararé una sorpresa bastante desagradable. Los cristianos no aman a los reptiles que el gran Mahotna adoraba. 

Quitóse el manto de lana obscura, dejando al descubierto un dorso robustísimo, se apretó los largos calzones de tela más o menos blanca que le descendían hasta los tobillos, y después levantó la tapa de los cestos, silbando dulcemente. 

A sus silbidos respondieron otros silbidos; luego diez o doce serpientes de la longitud de un metro, de piel jaspeada, salieron fuera, arrastrándose sobre el pavimento de la cuba. 

—Ven a mi, bumen-fak, padre de las hinchazones —dijo—hace tiempo que no te acaricio, encanto mío; tú morderás a los espahis no bien se muestren. Tu veneno es terrible y no hay ningún remedio contra él para quien no pertenezca a la secta de los aissanas. Ven a mí, pequeño. Tu padre quiere besarte. 


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