En las montanas de Africa
En las montanas de Africa Se levantó, subió lá escalerita y dió das formidables puñetazos contra la losa, llamando.
—¡Eh, santón!
Naturalmente, nadie le respondió, porque el desgraciado Muley-Hari no se encontraba ya entre sus serpientes.
—¡Por Baco! —murmuró el toscano—. ¡Qué sueño tan pesado tienen estos árabes!
Probó a separar la piedra y se dió cuenta en seguida de que había perdido inútilmente su tiempo.
Ni aun reuniendo las fuerzas dé todos, la losa se hubiera movido.
—¡ Cuernos de Lucifer! — exclamó Enrique, palideciendo —. ¡Cómo se las arreglará el marabuto para levantarla él solo! El conde no está arriba para ayudarle. No parece sino que aquel perro de musulmán nos ha condenado a reventar en la tumba del santón! ¡vaya unos amigos que tienes, querido moro!
Un poco emocionado, bajó la escalerilla y se acercó dulcemente al conde, susurrándole al oído:
—Arriba, camarada; suceden cosas gravísimas. No despiertes por ahora, ni a tu mujer ni a tu suegro.
—¿Qué quieres, amigo? — dijo el conde, abandonando lentamente la mano de Afza Parece que hemos dormido de firme. Enciende la otra lámpara o no podremos vernos.
—¿Y luego?