En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Mejor harás guardándolo. No tenemos todavÃa la longitud del conducto y, por lo tanto, tenernos que trabajar si queremos huir de esta verdadera tumba. De todos modos, en caso desesperado, recurriré a un medio muy eficaz, aunque algo peligroso
—¿Qué harás, conde?
—Trabajemos por ahora, Enrique. Más tarde me explicaré mejor.
Cogieron las dagas y reanudaron su dura labor a la humeante luz de las antorchas. Obraban con prudencia suma, asegurándose antes de la consistencia del terreno y trabajando más arriba que bajo el tubo, a fin. de protegerse en parte de las grietas que, de vez en cuando, ocurrÃan, poniendo a los infelices en constante peligro. Pasaron dos dÃas. Al terminar el segundo, hablan abierto unos diez o doce metros de galerÃa. Se creÃan salvados, cuando de pronto se agrietó el terreno, cubriendo hasta la cintura a Enrique, que trabajaba delante de todos. El conde, que se encontraba en aquel momento a sus espaldas, apenas tuvo tiempo para cogerle de los pies y librarle asà de una muerte cierta.
—Prefiero dar caza a los leones a excavar galerÃas —dijo entonces el italiano—. ¡Qué oficio más malo, conde!
—No iremos adelante —respondió el magnate.