En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —iMiserable! Antes tendrá que matarme —dijo el húngaro —. También yo estaré curado cuando él se lance en nuestra persecución. ¡Que se guarde mucho de encontrarse conmigo cara a cara!
—Yo veré de apuñalarle por segunda vez — dijo Alza con voz enérgica—. No me da miedo ese perro.
—Es una verdadera hiena ese hombre — dijo Enrique. Los ojos de Rayo del Atlas lo han cegado. Guardémonos de él.
—La situación es gravÃsima —observó el moro, que hasta entonces permaneciera silencioso—. ¿Qué haremos? ¿Cómo llegaremos a las montañas del Atlas sin nuestros maharis?
—A vos la respuesta, Ribot— dijo el magnate, volviéndose hacia el sargento, que cargaba su pipa con estudiada lentitud, como si procurase ocultar sus inquietudes.
—¿Has comprendido, camarada? —preguntó Enrique, viendo que Ribot no se decidÃa a contestar. Tú eres quien debe cortar la cabeza al toro.
—Yo cortarÃa con gusto la del subteniente —respondió por fin el sargento —. Si no fuera por mis galones, desertarÃa con armas y bagajes y me uniria a vosotros para ayudaros a hacer frente a los espahis. Pero creo que podré prestares mejores servicios cerca que lejos del bled.