En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Ya lo creo. Pueden destrozar un ejército entero. Figúrate, amigo, un aparato que contenga dinamita, melinita, planclasita...
—¡Bueno, bueno! —respondió El-Madar—. No quiero viajar con máquinas que puedan explotar de un momento a otro. Si no las tiras todas, no parto.
—No está mal. Si arrojo los cofres, estallarán las bombas y no quedará de nosotros ni el polvo. Lo mejor es dejarlas donde se encuentran.
Asustado, el beduino no se atrevió a insistir, pero se apresuró a enviar a sus huéspedes al frente de la caravana para no exponerse al peligro de volar por los aires junto con sus mercancÃas y animales.
AsÃ. empezó la marcha a través de aquellas desoladas e interminables llanuras, quemadas por un sol implacable que ciega la vista. La gran cordillera del Atlas aparecÃa cada vez más visible en el horizonte, prometiendo grata sombra bajo sus bosques frondosos y manantiales de alga fresca y cristalina.
A las ocho de la noche, la caravana efectuó su primera etapa. Después de algunas horas de descanso, continuó su marcha, precedida a considerable distancia por los fugitivos. La historia dé las terribles bombas destinadas a los cabileños y a los senussis era ya conocida de todos y nadie osaba acercarse al mahari que montaba Hassi-el-Biac.