En las montanas de Africa
En las montanas de Africa Oyendo aquellas palabras, Enrique y el conde no pudieron menos de estremecerse, pues no ignoraban que el precio puesto a su vida bastaba a despertar la codicia que duerme en el corazón de todo beduino, haciéndole cometer la acción más vergonzosa.
—La cosa es grave — dijo el magnate—. Si ese beduino sospecha que somos los fugitivos, no tardará en poner las manos sobre nosotros.
—Vamos a ver, marabuto — murmuró Enrique ¿Cuánto tiempo hace que conoces a ese hombre?
—Dos años.
—¿PodrÃas decirme si antes de ser comerciante ha sido bandido?
El marabuto se encogió de hombros y respondió: —Todos los beduinos empiezan su carrera merodeando por el desierto, para acabar después en conductores de caravanas o traficantes más o menos ladrones.
—¿De modo que El-Nadar no es ningún santo?
—No he tenido jamás queja alguna de él.
—Porque no podÃa quitarte nada — dijo Hassi —. Si hubiera sospechado que en tu cuba ocultabas armas de los senussis no sé si a estas horas hablarÃas conmigo.
—Es posible — contestó Muley-Hari.