En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —No hace falta. Si se hubiera acercado alguien, habrÃan relinchado los caballos. Cubre bien el cañón, de tu fusil y las pistolas y vamos a ver lo que hacen esos caballeros del desierto.
—Estoy pronto a seguirte, señor.
Y después de dirigir rápida mirada en torno suyo, pusiéronsé los dos en marcha y llegaron al poco rato al campamento beduino, formado por diez o doce tiendas muy espaciosas. No se oÃa el menor ruido. En el Atlas los relámpagos eran cada vez más vivos y los truenos más rumorosos.
—Parece que duermen —murmuró Enrique.
—Los camellos están en su lugar — notó el negro.
—Pero quisiera saber si los hombres se hallan en las tiendas. No te aconsejo que desciendas al lecho del rÃo. Los beduinos habrán apostado allà centinelas que darÃan fácilmente gusto al dedo.
—Volvamos— dijo Enrique.
Iba a levantarse, cuando bajo él se desprendieron algunas piedras que rodaron produciendo gran estrépito.
—¿Has oÃdo?
—SÃ, señor
—No te muevas y carga el fusil sin hacer ruido