En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Te advierto que si mis soldados llegan al campamento de tu amo, debes procurar que no te reconozcan.
—Pierde cuidado. El caftán tapa bien la cara. Bueno. ¡En marcha!
El beduino escondió las monedas y montó.
—Puedo hacer lo que he pensado — murmuró Ribot—. Escuchó junto a las tiendas. Todos dormÃan, soldados y sargentos. Sofocó un suspiro. Se acercó a los caballos que, cansados de la ruda jornadas dormian unos junto a otros.
Ribot empuñó con fuerza el sable y tiró tres formidables tajos en dirección al cuello de los pobres animales. Estos, degollados, empezaron a cocear, despertando a los demás compañeros, que relinchaban de miedo.
Ribot envainó el arma ensangrentada, que podÃa descubrirle, y disparó dos tiros al aire, gritando:
—¡A las armas! ¡A las armas! ¡Traición!
Los espahis despertados bruscamente, salieron de las tiendas empuñando el fusil.
Todos gritaban y se preguntaban:
—¿Qué ha pasado?
—¿Dónde están los traidores?
—¿Quién ha disparado?