En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —¡Se acabó! — dijo El-Madar Es hora de acostarse y cuando voy a dormir no permito que nadie me moleste.
—¡Ah! ¡Tu, esperas roncar tranquilo toda la noche echado sobre un montón de alfombras y cojines, mientras nosotros estamos atados! Si; ¡espera! ¡No dormirás un minuto!
—¡Acabarás por hacerme perder la paciencia, frangi!
—Yo ya la he perdido.
—No sabes de lo que es capaz un beduino encolerizado.
—¡Bah I ¿Te atreverás a levantar la mano contra un blanco? ¡Eres demasiado asqueroso, beduino!
—¡Te cortaré la lengua si no la aquietas, frangi!
—¿Y después? —pregúntó irónicamente Enrique —. ¿A dónde irá a esconderse el grande y terrible El-Madar? No entre los blancos, porque ya sabes que no perdonan tales actos de crueldad, ni aun cometidos contra fugitivos de un bled; no entre los senussis; no entre los cabileños del Atlas, que son nuestros amigos Eres un asno, ¡hijo del ardiente desierto!
El-Madar acalló un juramento y luego volvió la espalda, diciendo:
—Aunque te desgañites, he de dormir lo mismo.