En las montanas de Africa

En las montanas de Africa

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—Lo sé, y esto me inquietaba. Lleguemos a la cañada y escondamos la dote de mi hija, que me importa más que mi vida. 

Hassi cogió del diestro el caballo y se puso en marcha, seguido de Muley y de Aru. Dos horas después subían los primeros escalones de la maravillosa cadena por el valle del Kedir, una especie de salvaje garganta muy profunda, defendida por un gigantesco grupo de rocas que casi obstruían la entrada y que podían ser de gran utilidad en caso de ataque. 

A unos quinientos metros más arriba, en un lugar que creyeron a propósito, hicieron un agujero bastante hondo y en él ocultaron los dos cofres, pues era imposible que los caballos, ya exhaustos, pudiesen llevarlos hasta las altas cimas de la cadena. 

Después de señalar aquel lugar con algunas hileras de piedras, los tres hombres renudaron su viaje, ansiosos de llegar a las aldeas cabileñas. 

Alboreaba, y la extensa cordillera aparecía en toda su magnificencia. Pasaba el aire fresco de la mañana a través de las espesas selvas de encinas, produciendo a veces sonidos que parecían risas infantiles; revoloteaban los pajarillos trinando fogosos, y a lo lejos se oia el estrépito de los torrentes. El sol erguiase majestuoso detrás de las más altas cumbres, derramando sus rayos de oro sobre aquella inmensa masa de verdor, saturada de humedad. 


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