En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —El mago fué el desgraciado Steiner, pero yo cuento con vuestra lealtad, para que no reveléis nuestro secreto.
—Comprendido. Aquel rinoceronte, antes de herirse, ha realizado una buena acción.
Sus ojos se hablan fijado en la ventana y a la incierta luz del crepúsculo pudo distinguir que los barrotes estaban, torcidos.
—Por fortuna— dijo después—, he sido el encargado de revelarle, y nadie entrará aquà porque yo no lo permitiré. El animal del subteniente tuvo ciertamente la pésima idea de elegirme a mi, como que me cree un antropófago o por lo menos un bruto senegalés.
—¡Es un verdadero animal! dijo el toscano—. Ya lo sabia y se lo habia dicho al conde.
Ribot sonrió.
—Parece imposible. Yo no he visto en mi vida que un hombre conserve su buen humor, como vos, hasta delante de la muerte.
—¡Por mil merluzas fritas! Si Caronte no me ha visto pasar todavÃa el rÃo negro, es indudable que aún estoy vivo y que tengo también la esperanza de ir a saltar por las floridas colinas de mi Toscana y de consumir algún frasco de aquel excelente vino que el Arno guarda desde hace tanto tiempo.
—He aqui un verdadero demonio—dijo el sargento. Son admirables estos italianos.