En las montanas de Africa

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Después, volviéndose hacia Cernazé que paredia un poco preocupado, le dijo: 

—Mañana el amanecer iré a cazar alrededor del Ned y pasaré ante el aduar de Hassi-el-Biac. ¿Qué le debo decir al Rayo del Atlas? 

—Que he sido encerrado en una celda de castigo y que dentro de unas semanas el Consejo de Guerra me hará fusilar —repuso el magnate. 

—¿Nada más? 

—Afza sabe lo que debe hacer; es una muchacha inteligente y su padre un hombre resuelto, pronto a todo. Vete, Ribot, y gracias. 

—Antes de que vos toméis el vuelo, volveremos a vernos —dijo el sargento—. No tengáis prisa; cuando la noche nos sea propicia, procuraré advertiros. No soy un verdugo, y cuando puedo librar de la muerte a los desgraciados, me presto voluntariamente. Dormid tranquilos; ahora no tenéis nada que temer,

—Y la nariz del subteniente, ¿cómo va? — preguntó el italiano. 

—No muy bien—repuso Ribot, sonriendo â€”. Parece un enorme pimiento o un higo indiano muy maduro. 

—Estaba persuadido. Mi mochila era demasiado pesada; porque, por la mañana, había puesto en ella dos pares de zapatos bien herrados. 


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