En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Os deseo buena noche. Mañana, antes del alba, estaré en el aduar de Hassl-el-Biac, después de obtener un permiso hasta las ocho.
—¿No vendrá aquà el subteniente? — preguntó el conde.
—Llevo conmigo la llave de vuestra celda.
—La puerta está destrozada; el pobre Steiner lo hizo saltar todo.
—Procuraré ponerla en orden, en cuanto sea posible. Buenas noches, conde, adiós, camarada.
Encendió la linterna que habÃa llevado consigo, revisó la puerta, puso en su lugar la cerradura, como Dios le dió a entender, remachando los clavos con la empuñadura de la daga y se fué murmurando:
—Me parece que el subteniente se quedará sin Afza y sin la piel de estos dos infelices. Por otra parte, se lo tiene merecido; no es un soldado, sino un bruto a quien debieran mandar a que cogiese las fiebres entre los negros del Alto Senegal.