En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Gracias, Hassi-el-Biac —dijo el sargento, con voz un tanto conmovida—. Yo conservaré siempre esta joya que ha pertenecido a la más bella joven de Argelia y que ha sido amada por mi intensamente.
En aquel momento se oyó una voz dulcÃsima que se elevó en el aire. Entonaba una de esas canciones árabes que son siempre la repetición del mismo motivo, melancólico, bárbaras y al mismo tiempo llenas de una extraña dulzura, que impresionan y que acaban per adormecer el espÃritu como el murmullo de una fuente o de un arroyuelo que corre por entre las frondosidades de un verde prado
—Mi hija se ha levantado— dijo Hassi—. Parte, sargento, y gracias.
Ribot se echó el fusil al hombro, estrechó la mano del moro y se alejó rápidamente sin volver la cabeza, refunfuñando entre dientes. Hassi, derecho junto a la tienda, cruzadas las manos y la cabeza, lo siguió con la mirada, mientras un vientecillo ligero agitaba los pliegues de su blanquÃsimo vestido. Un leve grito le hizo estremecer. El Rayo del Atlas, fresca, sonriente, acababa de salir de su tienda, pero Ribot habla desaparecido ya entre las malezas quemadas por el sol africano.