Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Sí.
—¿Viste una cañonera tripulada por blancos en estos parajes?
El malayo se estremeció; miró fijamente al patrón, como si quisiera leer en sus ojos el objeto de la pregunta, y exclamó con cierto temor:
—¿Venís a vengarles?
—¡Por Fo y Confucio! —exclamó Hong, entendiendo que el malayo no había perdido una silaba del diálogo—. Parece que nuestro hombre sabe demasiado respecto a La Concha. ¡Prudencia, Tseng-Kai!
—No temas —repuso el patrón; y dirigiéndose al malayo, que no cesaba de mirarle, añadió—: No venimos a vengar a nadie; los blancos no son amigos nuestros, como debes de saber.
—¿Qué queréis saber, pues?
—Sencillamente, dónde encalló la cañonera.
—¿Para qué?
—Para satisfacer los deseos de una persona que quiere saber si se perdió aquí o en la costa meridional de la isla.
—¿Para después vengar a los hombres que la tripulaban? —insistió el malayo receloso.
—Este hijo de agua dulce —murmuró Hong— no tiene tranquila la conciencia. Debe de haber tomado parte en el abordaje.