Flor de las Perlas

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El malayo no contestó; miró a todos lados cual si temiese ser espiado, inclinóse para escuchar con atención un momento, y con gesto resuelto remó hacia el junco. Una vez amarrada su lancha a la canoa, agarró la cuerda que le habían tendido y subió a bordo, con la agilidad proverbial de esa raza de valientes marineros.

—Aquí estoy —dijo examinando con rápida mirada el barco y la tripulación—. Dame ese trago de sam-sciú y el tabaco que me has prometido.

—Te daré, no un trago, sino una botella, y tabaco para fumar una semana, y hasta un kriss si quieres; pero con una condición —exclamó Tseng-Kai.

—Habla —repuso el malayo, mirando de través a los tripulantes que le rodeaban.

—¿Hace mucho tiempo que habitas en este río?

—Muchos años.

—¿Hay algún pueblo cerca?

—Uno lejano, pues se halla en la confluencia del Sur y del Talaján.

—¿Vienes de allí?

—No; tengo mi cabaña en los bosques.

—Entonces ¿eres pescador?

—Sí —dijo titubeando el malayo.

—Entonces debes saber lo ocurrido en los últimos tiempos.

—Cierto.

—Aun lo ocurrido hace dos o tres meses.


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