Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Tal encuentro puede ser una fortuna —observó la joven.
—O una desgracia —añadió Tseng-Kai.
La voz se aproximaba; el viejo chino, que continuaba escuchando con cuidado, logró entender algunas palabras de la canción. Era una voz robusta que se destacaba alguna vez de la gritería de los simios, y que denotaba en el que la emitía pulmones de hierro.
—Es un malayo.
En aquel instante apareció por el recodo del río una lancha hecha del tronco de un árbol, montada por un hombre casi desnudo, pues sólo llevaba un taparrabos y un pañuelo anudado a la cabeza. Era de estatura más bien baja, macizo, de piel bronceada, brazos y piernas musculosos, de facciones nada bellas, pues tenía la nariz aplastada, boca grande y ojos pequeños y de mirar tétrico. Al encontrarse bruscamente ante el junco, alzó los remos que empuñaba y miró recelosamente a la tripulación de la tow-meng. Después hizo un gesto como si quisiera coger los pesados y agudos hierros llamados bolos, que tenía en la lancha; pero no llegó a tocarlos, comprendiendo que de poco podían servirle contra el junco. Tseng-Kai, que había salido del castillo de proa, hizo señas a Pram-Li y a su compañero de que armaran sus fusiles, y gritó al malayo, que había vuelto a remar:
—¡Ohe!… ¿Dónde vas? Si quieres pasar a bordo, puedo ofrecerte un trago de sam-sciú y tabaco.