Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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Aquel bellísimo marinero era Than-Kiu, que, comprendiendo que el traje femenino en aquellos parajes habría podido inspirar sospechas, se había encajado un traje de marinero, el cual, además, le daba mayor libertad de movimientos. La chaquetilla y los pantalones, de seda azul, le sentaban admirablemente; llevaba una faja roja, y ocultaba sus cabellos bajo amplio sombrero de fibras de rotang.

—¿Reconocéis en mí una mujer? —preguntó sonriendo.

—No; pero estás hecho tan guapo mozo que, si yo fuese capitán de un buque, te robaría. Has tenido magnífica idea, hija mía.

—Entonces, partamos.

Iban a abandonar el junco, cuando el patrón les detuvo.

—¿Qué quieres?

—Escucha.

El jefe del Lirio de Agua y Than-Kiu prestaron atención, pero sólo oyeron el grito formidable de una banda de simiang, horribles monos, bastante comunes en la Malasia, y que arman un estrépito ensordecedor. Sin embargo, escuchando con más atención alcanzaron a distinguir también una voz humana, como si un hombre llegara por el río cantando a grito herido una canción bárbara.

—¿Algún pescador? —preguntó Hong.

—Pronto lo sabremos —repuso el patrón.


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