Flor de las Perlas

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—¿Quieres un consejo? —dijo el patrón, que se había quedado pensativo—. Exploremos el río con la canoa. Las aguas son profundas, y quizá la cañonera, huyendo del furor del mar, se internara más adentro de la boca.

—Creo excelente tu consejo, Tseng; partiremos, yo, Than-Kiu, Pram-Li y el joven Sheu-Kin, y tú te quedas con tus hombres guardando la tow-meng.

—Tienes razón; no me atrevo a abandonarla.

Si no halláis nada, iremos hasta Costabado; es imposible que en ese pueblo no sepan algo.

—Concededme diez minutos; cuando la canoa esté en el agua, estaré ya dispuesta.

En tanto que se apresuraba a meterse en el camarote de popa, los marineros echaban al agua la pequeña embarcación, proveyéndola de armas, municiones y víveres, pues no era prudente aventurarse sin ellos por aquellos parajes. Hong iba a bajar a la lancha, cuyos remos habían ya empuñado Sheu-Kin y el malayo, cuando vio salir de la cámara de popa un joven de formas elegantes que no había visto hasta entonces. Cuando se volvía para interrogar a Tseng-Kai, no menos estupefacto que él, exclamó:

—¡Por Fo y Confucio!… ¡Qué transformación!… He ahí el más guapo mozo de la marina china, y a quien el mismo Emperador desearía tener a sus órdenes.


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