Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Las bocas del rÃo eran pintorescas; sus orillas, bastante bajas, estaban encumbradas por magnÃficos árboles de gigantescas hojas, que proyectaban espesa sombra sobre las lÃmpidas aguas. Mil isletas, como macizos de verdor, servÃan de refugio a infinidad de variados pajarillos que revoloteaban lanzando alegres trinos. Ni una aldea, ni siquiera una choza aislada, se veÃa surgir entre aquella exuberante vegetación; sólo algunas barcas abandonadas en los bancos de arena, y medio sumergidas, indicaban que habÃa habido allà habitantes.
Hong, Tseng-Kai y Than-Kiu, después de haber lanzado miradas recelosas al bosque, capaz de servir de refugio a los asaltantes de la cañonera, examinaron ambas orillas y el curso del rÃo antes de intentar su exploración.
—Veremos: si ha sido aquà asaltada la cañonera, algún resto de ella hallaremos; ¿no te parece, Tseng-Kai?
—Asà lo creo yo también; el vaporcito no se lo habrán llevado tierra adentro los piratas.
—No veo nada, sin embargo —añadió Than-Kiu—. ¡Si no fuera éste el paraje!… ¡Y nadie a quién interrogar! .