Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —¡Hay de él! —exclamó la joven, mirándole sombrÃamente.
Tseng-Kai continuaba su interrogatorio.
—Te he dicho que nadie piensa en vengar a los blancos; pero parece que la persona que me envÃa tiene interés en comprobar la desaparición de una de aquellas vÃctimas, para entrar en posesión de una gran herencia.
—Te comprendo —dijo el malayo, tratando de sonreÃr—. Y luego, tras breve pausa, preguntó:
—Y si yo te digo dónde encalló, ¿me darás el kriss, el sam-sciú y tabaco?
—SÃ.
—Pues bien; fue en este rio.
—¿Dónde?
—Allá; el mar estaba alborotadÃsimo, y los blancos, por salvarse, penetraron en el rÃo, con no poco trabajo, y remontaron un buen trecho la corriente.
—¿Y encallaron?
—En un gran banco de arena.
—¿Y después?
El malayo, por toda respuesta, clavó en Tseng-Kai dos ojos que parecÃan puñales.
—Después —dijo tras alguna vacilación— fueron asaltados por los piratas.
—¿Por qué piratas?