Flor de las Perlas

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Tseng-Kai, que había ejercido la trata indicada, conservaba una caja de aquellas pelotillas, y para herir los pies de los piratas las había echado por la cubierta. Después mandó colocar el cafión sobre el gatillo de popa, que era el más alto, y lo cargó de metralla, poniendo en el de proa una espingarda que tenía en la estiva; repartió sus hombres a ambos extremos de la nave, dotándolos de igual número de granadas, balas y fusiles de los que, con el consentimiento de Hong, substrajera de las cajas destinadas a los insurrectos.

Cuando Than-Kiu, que había recobrado sus vestidos femeninos, y Hong reaparecieron sobre cuarta, el junco estaba en condiciones de sostener la lucha.

—Veo que no has perdido el tiempo; no creía que dispusieras de tantos medios de defensa.

—Siempre tuve empeño en conservar mi barco y procuré tenerlo bien pertrechado. Si esas lijas de agua dulce quieren probarlo, se convencerán a su costa. Destrozaremos sus pies y escaldaremos sus cuerpos con un huracán de metralla. Cierto que somos pocos; pero tú y la hermana del héroe amarillo valéis por cuatro cada uno.

—Haremos lo que se pueda; ¿verdad, Than-Kiu?

—Sí —repuso ella sonriendo—. Aún sé manejar bien un fusil.

—Os confío a los dos la defensa del castillo de proa con la mitad de mis hombres; yo, desde popa, cañonearé a los paraos que vengan por el mar.


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