Flor de las Perlas

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Eran, pues, doscientos cincuenta hombres, de fijo valientes, los que se aprestaban al asalto del pobre junco, que sólo contaba con diez y ocho defensores, y además los dos paraos que habían aparecido en la boca del río para cerrarle el paso al mar. Probablemente estos barcos irían armados de morteretes con balas de dos a cuatro libras, de los que suelen llevar los veleros mindaneses. No obstante la gran desproporción de fuerzas, ni Than-Kiu, Hong, ni Tseng-Kai, llegaron a asustarse.

—Danos tus últimas instrucciones —dijo la joven al patrón.

—Mantened a raya las lanchas; luego saldremos al mar, pasando sobre los paraos. ¡Fuego sobre las barcas, mientras yo cañoneo a los veleros!

—Está bien.

—Una palabra: si se empeñaran en subir a bordo, dejadlos llegar a la cubierta, donde les he preparado una diversión con la cual no cuentan; pero evitad que se apoderen del castillo de proa, o somos perdidos.

—No temas; los fusiles y la espingarda bastarán para contenerlos —dijo Hong.

Estrecháronse las manos y se fueron a sus puestos; los unos a proa con los siete hombres, el otro a popa con los ocho restantes.

—No te expongas demasiado, Than-Kiu; sé que eres valiente, pero tu vida me es muy cara.


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