Flor de las Perlas

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Hong y Than-Kiu, impávidos y tranquilos, mandaban las descargas y disparaban certeros cañonazos con la espingarda, diezmando a sus enemigos. Ya tres lanchas, privadas de su tripulación, muerta o herida en su totalidad, andaban a la deriva con su carga de muertos y moribundos, cuando las demás llegaron bajo la proa del junco en su rápida carrera.

—¡Todos atrás! —ordenó la joven—. ¡Dejémosles subir y fusilémoslos a quemarropa!

Hong, después de haber cargado la espingarda con metralla, para poder barrer el puente, armóse de un fusil y una segur y se colocó parapetado tras la baranda, dispuesto a rechazar a los primeros asaltantes.

Entre tanto, Tseng-Kai, que debía de ser hábil artillero, había desarbolado el parao más próximo, haciéndolo encallar en un banco de arena, y desmontado la espingarda del segundo, poniéndole casi fuera de combate. Desembarazado por el momento de sus dos adversarios, revolvióse contra los piratas de las chalupas, mucho más peligrosos que los de los paraos, por hallarse bajo la proa a cubierto de los cañonazos.

—¡Hong! —rugió el viejo, que había empuñado una especie de cimitarra de hoja ancha y pesada, y un revólver de grueso calibre—. ¡No dejéis entrar a nadie en el castillo o seréis acuchillados todos!

—No temas… Aquí no pondrá nadie el pie.


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