Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Era él, en efecto; pero no medio desnudo, como cuando lo vieron antes; vestÃa una hermosa camisa de seda blanca con dibujos azules, y calzones también de seda, ceñidos a los muslos; una faja roja sostenÃa dos kriss, signo de alto mando, pues sólo los jefes superiores o los notables malayos pueden usar dos puñales, y llevaba a la cabeza un pañuelo escarlata con flores amarillas. Se acercó a la joven, que creÃa soñar, y le dijo sonriendo:
—¿Quieres saber dónde estás, hermosa muchacha?… A bordo de uno de mis paraos. Subimos el rÃo para llegar cuanto antes al Bacat, y de él al Butuán.
—¿Y soy tu prisionera? —preguntó la joven palideciendo.
—He tenido esa dicha —repuso él, siempre sonriente.
—¡Miserable! ¿No era bastante habernos vendido?…
—Sin eso, no estarÃas tú aquÃ.
—¡Ah!… ¿Y por apoderarte de mà has asaltado el junco?
—No precisamente por eso; creà poder apoderarme de él, y hubiera hecho mal en dejarle tranquilo, porque entonces no te hubiera recobrado.
—¿Qué ha sido del junco?
A esta pregunta dibujóse en la frente del malayo profunda arruga, y dijo con sorda cólera: