Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —¿Qué hombre?… ¡Than-Kiu, nómbrale! —exclamó Hong ansioso.
—Ya lo sabes —murmuró limpiándose dos lágrimas que le rodaban por las mejillas.
—¿Lloras? —exclamó el chino con dolor.
—SÃ; de rabia —contestó la joven con voz ahogada.
—¡Than-Kiu!
—¡Calla, Hong! Deja que el tiempo realice su obra de destrucción.
Pram-Li habÃa sacado del fuego el asado, que exhalaba apetitoso olor, y lo habÃa puesto ante sus compañeros sobre dos grandes hojas.
—No aguardéis a que se enfrÃe —advirtió, como si quisiera cortar aquel diálogo que tanto emocionaba a su joven ama.
Hong cortó varios trozos y los repartió, diciendo a su amada:
—Desecha esos tristes pensamientos, y prueba esta carne exquisita, ahora que nadie nos molesta. Acaso mañana nos falte el tiempo para ocuparnos de la cocina.
La joven obedeció, pero comió poco, aunque la pierna era excelente, parecida a la carne del cerdo. En cambio, los hombres, y sobre todo el malayo, lo hicieron bien, como quien no está seguro del mañana y aprovecha la ocasión.