Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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Aunque se hallaban a cubierto de una sorpresa, y casi seguros de pasar tranquilos el resto de la noche, decidieron velar por tumo, y Hong se encargó del primero, preparando un lecho de cañas para Than-Kiu, y yendo a hacer centinela a la orilla del islote, frente a la lengua de tierra.

Ninguna sombra humana veía el chino, y ningún rumor llegaba a sus oídos por más que aguzaba sus vigilantes sentidos, a no ser los golpes sonoros da dos en el agua con las colas por los cocodrilos, o el crujir de sus mandíbulas cerrándose violentamente. De vez en cuando llegaba hasta él improvisado concierto de bramidos y silbidos de algunos sapos y ranas gigantescas; otras era el grito estridente de cualquier perdigón zorrero o de bandadas de enormes murciélagos que revoloteaban pesadamente sobre las negras aguas. Del lado de la selva oía alguna vez una especie de ladrido o aullido que duraba breves minutos, se extinguía y volvía a escucharse un cuarto de hora después; eran manada de perros salvajes que los malayos llaman agiang y que cazan por su cuenta en las orillas de la laguna.





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