Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Hong, ya familiarizado con aquellos rumores, no se inquietaba, pero seguía vigilando y no perdía vista sobre todo a los cocodrilos que nadaban en torno del islote, y que parecían haber olido la carne fresca oculta entre las cañas. Ya dos o tres habían tratado de subirse a la orilla, asomando la cabeza; pero el chino, con tremendos mandobles, les había hecho sumergirse medio aturdidos, no obstante lo duro de sus huesos capitales, a prueba de balas.
Temiendo, sin embargo, que alguno de aquellos terribles saurios hubiera logrado subir a tierra y meterse entre las cañas, dio la vuelta al islote, y luego se acercó al fuego, que estaba a punto de apagarse. Con gran sorpresa suya vio a la joven sentada, el rostro oculto por las manos, y como entregada a tristes pensamientos.
—¿No duermes? ¿No se considera acaso Flor de las Perlas tranquila bajo mi vigilancia?
La joven, al oírle, alzó la cabeza y procuró sonreír, pero Hong distinguió lágrimas en sus ojos.
—¿Lloras? —le preguntó con tristeza—. Comprendo; piensas en él.
Luego, tras breve pausa, prosiguió con tono en que se traslucía una sorda amenaza:
—Terminaré por odiar a ese hombre; ayer aun no tenía derecho para ello, pero hoy si.
—¿Y por qué has de odiarle, Hong? —interrogó ella con dulce reproche.