Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Lo sospecho…
—Pero se necesita tiempo para abrir un canal.
—Los piratas que nos han asaltado eran más de cuarenta, y, en doce o catorce horas, cuarenta hombres pueden hacer mucho.
—Me asustas, Hong.
—Tampoco yo estoy tranquilo. Mira, mujer; el agua continúa avanzando incesantemente.
Hong decÃa verdad; el agua subÃa y avanzaba poco a poco, pero sin interrupción, amenazando anegar aquel pedazo de terreno, único que todavÃa continuaba visible y seco entre todos los islotes y bancos de la laguna.
¿Qué habÃa sucedido? ¿A qué causa atribuir aquella inundación repentina que amenazaba ahogar a los cuatro fugitivos? ¿HabÃa sido roto el dique de algún lago más elevado y caudaloso que el pantano? Era probable, pues que, durante aquellos dos dÃas, el cielo estuvo despejado y no cayó una gota de lluvia.
La situación resultaba cada vez más desesperada; el agua avanzaba siempre, haciendo sonar las cañas, y en ella una horda de famélicos saurios. Los cuatro compañeros se retiraron al punto más alto del islote, presa de verdadero terror y de inexpresable angustia. Desde aquella plataforma, de unos dos metros escasos, miraban avanzar las aguas con los ojos desmesuradamente abiertos.