Flor de las Perlas
Flor de las Perlas En vano escrutaban las tinieblas que los envolvían, esperando ver algún árbol en que salvarse; inútilmente aguzaban los oídos para oír el rumor de unos remos o una voz humana. Nada se distinguía sobre las negras aguas, ni grito alguno vibraba en el espacio; sólo el avance de los cocodrilos y sus coletazos formidables.
—Hong —dijo la joven, cuya voz, acaso por primera vez, temblaba—. Tengo miedo.
—¡Animo, pobre amiga! Nos quedan aún las carabinas para defendernos.
—Pero el agua continúa avanzando —repuso con inquietud la joven.
—En último caso te subiré sobre mis hombros; soy alto, y serás la última en morir, si está escrito que aquí acabemos todos. ¡Amigos, cuidad de no perder los sables y de no errar golpe cuando ya no podamos hacer uso de las armas de fuego! ¡Quién sabe!… Tal vez se restablezca pronto el equilibrio entre las aguas del lago o del río y esta laguna, y podamos salvarnos de una horrible muerte.
Hong, corazón fuerte y animoso, no desesperaba todavía y se preparaba a sostener gallardamente el espantoso ataque de los reptiles; mientras Sheu-Kin y Pram-Li, a su lado, disponíanse a vender caras sus vidas.