Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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A veinte brazas de la embarcación apareció, en efecto, la cabeza de un saurio mostrando sus formidables dientes; sumergióse pronto, pero ya todos le habían visto.

—Ese monstruo es más temible que el choque con otro islote. ¡Qué no nos han de dejar un momento tranquilo esos maldecidos!… Se diría que han jurado nuestra perdición, o que están aliados con ese tunante de Pandaras.

—¡Aguardemos a que muestre las fauces y matémoslo! —sugirió el malayo.

—No; prefiero darle con el sable; la detonación podría vendernos.

—¿Continúas temiendo a Pandaras?

—Sí. Ese hombre debe de ser muy tenaz.

—Creo que tienes razón —observó Sheu-Kin.

—¿Todavía gritos?

—¡Y disparos!…

Con efecto, hacia el Sur y de la selva llegaban aullidos agudos y detonaciones como si se hubiera empeñado ruda lucha en algún islote o en la orilla de la laguna. El estruendo duró un cuarto de hora en espantoso crescendo; luego los tiros se hicieron más raros, y los gritos perdiéronse a lo lejos.

—¡Condenado país!… —exclamó el chino—. Las aguas infestadas de cocodrilos, y los bosques de hombres cuyo único deseo parece ser el de exterminarse.


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