Flor de las Perlas

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Los cuatro se refugiaron en un rincón de la cabaña, con las espaldas apoyadas en la pared y los sables en las manos. La fiera, entre tanto, había logrado meter la cabeza por la abertura, y con las patas procuraba abrir paso al cuerpo.

—¡No os mováis, amigos! —ordenó Hong, que empuñaba el kampilang con la mano izquierda.

—¡Y no tenemos las carabinas!

—Con esta oscuridad poco adelantaríamos, nos mataríamos unos a otros. ¡Estad atentos, y dirigid los sablazos a la cabeza!

La pantera negra, haciendo un esfuerzo supremo, entró en la choza; pero, lejos de lanzarse sobre sus codiciadas presas, se agachó en un rincón. Acaso la vista de aquellos aceros la hizo prudente; quizás esperaba sorprenderlos dormidos, y, al hallarlos despiertos y prontos a la defensa, se desanimó, sin duda.

Hong y sus compañeros, estrechamente unidos con los sables levantados, no perdían de vista los ojos fosforescentes de la fiera, cuyo cuerpo se perdía en las tinieblas.

Transcurrieron algunos instantes, largos como horas para los desdichados, sin que el animal se resolviera a moverse: los miraba y gruñía sordamente, pero sin avanzar. Tal vez la angustia era igual por ambas partes.


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