Flor de las Perlas
Flor de las Perlas La fiera habÃa devorado cuanto halló en la choza: ya estaba harta y se preparaba a salir para volver a su cubil; pero al ver el grupo de sus adversarios se apresuró a retroceder lanzando un sordo rugido. Como no tenÃa ya hambre, hÃzose más prudente: su único deseo era irse a hacer una digestión tranquila.
Al contemplar su irresolución cobraron ánimos nuestros amigos, y pensaron en hacerle pagar caro el saqueo de su despensa.
—¡Qué pague su escote con la piel, ya que su carne no es comestible! —dijo Hong.
—¡Es un escote algo caro! —replicó Than-Kiu—. ¡Somos peores que los antropófagos!
—¡Peores o mejores, vamos a decapitar a esa ladrona! Coloquémonos a ambos lados de las aberturas con los sables levantados, y en cuanto asome la cabeza, ¡duro con ella! Than-Kiu y yo nos pondremos en la más estrecha, y vosotros en la otra.
—¡Vamos! —dijeron Sheu-Kin y el malayo.
—¡Tratad de que no salga antes de descargar el golpe!
—¡No tengas cuidado, Hong!
Escucharon un instante, y no oyendo rumor alguno, se dividieron las parejas para ocupar cada cual su puesto junto a las paredes exteriores de la cabaña, en acecho a los lados de ambas aberturas.