Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —¡Acudid! ¡Es nuestra! —gritó el chino penetrando de un salto en la cabaña y sacando dos carabinas.
Sheu-Kin y el malayo acudÃan con los sables; al ver a Hong con las carabinas las cogieron y se lanzaron sobre la pantera, que continuaba revolcándose, y que, viendo llegar a sus adversarios, reunió sus últimas fuerzas para saltar sobre ellos; pero, gravemente herida, no se hallaba en condiciones de continuar la lucha. Entonces comenzó a arrastrarse por el suelo tratando de acercarse. Era ya tarde: sonaron dos detonaciones, y la pantera negra cayó como herida por un rayo.
—¡Por Fo y Confucio! ¿TendrÃa el diablo en el cuerpo está condenada? ¡Veamos si por fin está bien muerta!
—Sà lo está; y en estado tan deplorable, que no puede pagar lo que se ha tragado, ni siquiera con el pellejo —dijo Sheu-Kin, que se habÃa aproximado a la fiera y la examinaba—. Tiene la cabeza destrozada por nuestras balas, y el cuerpo horriblemente abierto por los sablazos.
—¡Bah! ¡Ya pagó el escote con su vida, y podemos estar satisfechos de haber logrado desembarazarnos de esa ladrona, que se hubiera engullido a cualquiera de nosotros como un bistec! ¡Vaya! ¡A ver si ahora nos dejan terminar tranquilamente la noche!