Flor de las Perlas
Flor de las Perlas La selva parecía interminable. Por fortuna, cada vez era menos espesa y dejaba veredas sombrías entre tupidos matorrales y bosquecillos. Abundaban por todas partes plátanos, sagúes, arecas, beteles, ébanos verdes, mangos, teks y palmeras de toda especie, alcanforeros y todas las demás especies de árboles gigantescos ya mencionados en anteriores capítulos, rodeados y abrazados por cálamos y nipas, extrañas plantas cuyas hojas, en forma de vasos que se cierran a la salida del sol y se abren a la puesta de ese astro, destilan durante la noche cierta cantidad de agua potable, a veces hasta medio litro.
En medio de aquel magnífico mundo vegetal, espléndidas aves daban armonioso concierto, desentonando con sus gritos desacordes los cuadrumanos, que saltaban de árbol en árbol ágilmente para apoderarse de los exquisitos mangostanes y demás frutos, y que al ver a los viajeros les lanzaban feroces aullidos.
La primera jornada transcurrió sin incidentes, y la noche sin alarmas, a excepción de la causada por un disparo de Sheu-Kin, algo después de media noche, contra un animal corpulento que se acercaba al campamento, pero que no volvió.